¿Quién disparó primero?
¿Qué es más insano?
Se hizo tarde temprano
por ser dos perros callejeros.
Yo el faldero
y tú el del hortelano,
que a veces se dan la mano
donde siempre hay un pero.
¿Quién disparó primero?
¿Qué es más insano?
Se hizo tarde temprano
por ser dos perros callejeros.
Yo el faldero
y tú el del hortelano,
que a veces se dan la mano
donde siempre hay un pero.
Lo admito, he batido records de decir chorradas por minuto;
me supera no decir lo primero que se me pasa por la mente.
Soy paciente, salvo para cerrar la boca al borde de un precipicio.
Salta y piensa después, que por mucho que muevas los pies, en pleno vuelo no sirve de nada.
Quizá
las palabras sean presas del silencio
o tal vez callan,
temerosas de su propio alboroto.
Pero qué sé yo,
ni qué sabe nadie,
salvo quien sella el labio
bajo invisible cremallera.
Quien sabe por qué poner punto en boca
y por qué hacer arder Troya,
me gana dos a cero
y me empata cero a tres.
Pero, que no se pierda el hablar por hablar
-a mi que tanto me gustó perder-,
porque ya sabes que bla bla bla,
que sigo erre que erre,
que mucho mi mi mi
y muy poco de todo lo demás.
No soy antídoto,
ni cruel veneno.
Ni tan malo,
ni tan bueno.
A veces me emborracho
y permanezco sereno.
En ocasiones me embalo
a la vez que freno,
porque soy la contradicción
de un absurdo ajeno.
Yo creía que estaba cuerda,
por tenerme totalmente atado,
y resulté estar del todo errado,
aunque sea una gran mierda.
¿Quién hará que me pierda?
¿Quién me dejará descolocado?
Tendré que buscar en otro lado
y que sea otra la que me muerda.
Atrae la magia de lo cotidiano,
más que los trucos de cartas o los juegos de manos.
Engancha un suspiro a un anhelo cercano,
de los que, aún volando bajo, parecen inalcanzables.
Deslumbran los hechizos de miradas que sonríen;
esas que tanto dicen sin articular palabra.
Seduce lo que tú quieras que te seduzca,
aunque no quieras. No sé si me explico.
Enamora la tentativa constante que nunca se consuma.
Aunque consume, eso no lo puedo negar.
Llevo la cuenta de todos los besos que debo
y de aquellos que conseguí robar,
de todas las puñaladas que me dieron
y, obviamente, de las que di.
Ya no la llevo con los dedos,
porque no me dan para contar
ni restando a los que se fueron
(exceptuándote a ti).
Tengo más taras que aciertos.
De mi boca brota el desatino.
En mi mente fluye más que vino.
No soy la nada, pero soy desierto.
Continúo haciendo trampas al solitario
y, aún así, sigo perdiendo.
Me han cantado las 40 bajo reflejos de lluvia
y me han aullado a la luna por no poder dormir.
Adicto a mi pequeño desastre,
que se escurre entre telas de juicio.
Enganchado a cuando la vida hace zigzag
y te suelta los cordones de los zapatos,
pero no te agachas a abrocharlos
porque te gusta el riesgo a tropezar.
Confieso que nunca quise ser poeta
y, sin embargo, llenas mis versos.
Sólo soy un bufón con alas de ángel
que ha llegado a arder en tinta.
La poesía sólo es la excusa
para poder poner en un altar
y, a la par,
llamar hija de puta a mi musa.
Mi condena
es que siempre cumplo mis promesas.
Y me pesa,
no poder traicionar a mis cadenas.
Tu mirada, esdrújula.
La mía, llana.
Forman una campana
que se sale de la cuadrícula.
Renuncié al amor y a su álter ego
Renuncié a la vida y a su desdén
Al todo, a la nada
Al vete, al ven