Truena,
y santa Bárbara susurra en mi oído,
pero no quema,
porque el relámpago ya se ha ido.
Truena,
y santa Bárbara susurra en mi oído,
pero no quema,
porque el relámpago ya se ha ido.
El verso dormido sobre tu piel,
que brota de mi imaginación traviesa,
no desparece de mi cabeza
e imaginarlo en tu oído me pone a cien.
Las princesas no saben mentir.
No, no saben.
Por eso ya nadie quiere ser princesa.
Ni las princesas quieren ser princesas.
Ya nadie se pregunta
ni por quien suspiran, ni a quien besan.
Ya nadie las secuestra en torres,
ni los dragones las retienen presas.
¿Y los príncipes qué?
No son capaces de aguantar una mentira.
No saben disimular, ni mirar para otro lado,
y encima se creen un puto salvavidas.
Sólo el verdadero sapo se mantiene fiel;
el que no cambia ni con besos
y se regodea en su charca,
burlón de patéticos estereotipos.
Por él, como si quemáis el castillo
y metéis las cenizas en un tarro de cristal,
pero dejad en paz el estanque,
que no molesta a nadie tal y como está.
Siempre fui fiel a serme fiel
y lo demás me importa una mierda.
He metido la pata a conciencia y sin querer,
y lo que me vale son las verdades a la cara.
Me gusta quien me desenmascara,
quien me llama cabronazo y quien me abraza,
quien me frena y quien me embala,
según donde se equilibre mi balanza.
No soy antídoto,
ni cruel veneno.
Ni tan malo,
ni tan bueno.
A veces me emborracho
y permanezco sereno.
En ocasiones me embalo
a la vez que freno,
porque soy la contradicción
de un absurdo ajeno.
Río que clama a la lluvia,
como llama la llama al fuego
cuando la chispa se apaga.
Enemigo público del diluvio
que supuso la caída en balde
de la última gota sobre el cántaro rebosante.
Una llamada perdida de la sinrazón,
que a la locura fatiga y al corazón alienta,
como una afrenta
que el sueño te quita regalándote vida nocturna.
Pero qué sé yo, si ni lo que digo sé,
ni lo que pienso intuyo.
Si de lo que no reconozco callo
y, de lo que sí, huyo.
Tengo más taras que aciertos.
De mi boca brota el desatino.
En mi mente fluye más que vino.
No soy la nada, pero soy desierto.
Me han cantado las 40 bajo reflejos de lluvia
y me han aullado a la luna por no poder dormir.
Adicto a mi pequeño desastre,
que se escurre entre telas de juicio.
Enganchado a cuando la vida hace zigzag
y te suelta los cordones de los zapatos,
pero no te agachas a abrocharlos
porque te gusta el riesgo a tropezar.
Confieso que nunca quise ser poeta
y, sin embargo, llenas mis versos.
Sólo soy un bufón con alas de ángel
que ha llegado a arder en tinta.
A los valientes,
que en los peores momentos no encallan;
esos que no dudan en plantar batalla.
Los que nunca reniegan de lo que sienten.
A ellos, los inconscientes;
los que no frenan a pesar de cruzar la raya,
esos que tampoco callan.
A los que siempre manda el corazón y no la mente.
A ellos, por enseñar más que los dientes,
por soltar toda su metralla,
por canallas.
A ellos, egoístas imprudentes.
Nunca te fíes de aquellos que dicen
que nunca mienten.
Una espiral de papel
que se pierde bajo una escalera,
como si se humedeciera
en el interior de un pincel.
Tengo que reconocer
que qué más quisiera
poder tocar madera
y no darte cuartel.
Sinhueso sinuosa,
traviesa por naturaleza,
¿dónde vas tan cariñosa?
Desconfía de su delicadeza,
que puede ser engañosa,
si reniega a quien le reza.
He escrito mucho del amor
sin llegar a entenderlo,
¿y qué?
Nada en realidad,
contra una corriente poco sutil
que no me arrastra con ella.
El sexo no deja de ser esa trampa para ratones
a la que le gusta poner velas al amor.
Borracho corazón abstemio,
dime a quién has temido
y cómo coño te ha seducido,
para mantener ese latido.
Yo también podría ser un capullo,
de esos que siempre te dicen lo que quieres oír.
Pero, a algún lado tienes que ir,
cuando huyas de tanto barullo.
El rey de los cobardes
no arde cuando se quema,
casi siempre llega tarde
y, aún así, se frena.
Desde el otro lado de la hoguera,
las sombras parecían más temibles.