Hay lenguas retorcidas
y lenguas que te retuercen.
Ambas te estremecen,
con una sutil diferencia.
Hay lenguas retorcidas
y lenguas que te retuercen.
Ambas te estremecen,
con una sutil diferencia.
¿A qué teme tu prosa,
a los besos o a convertirse en verso?
¿A qué teme tu prosa,
a una muerte dulce o a arder viviendo?
¿A qué teme tu prosa,
a la tentación sigilosa o a sus posibles consecuencias?
¿A qué teme tu prosa,
a los tal vez disimulados o a los quizá a voz en grito?
¿A qué teme tu prosa,
a las espinas que se esconden o a las rosas descubiertas?
¿A qué teme tu prosa,
al delirio de mis aullidos o a mis suspiros en silencio?
¿A qué teme mi verso?
A tu prosa y a la poesía que ella libera,
a tu mirada, que me tiene preso,
y a la sonrisa que mi pulso acelera.
Rugen las letras en palabras cuando son liberadas,
indiferentes a cómo de lejos pueden llegar,
impasibles a si es su momento o su lugar,
pese a ser presas de ser sorpresa o meditadas.
Tan claro como el olor a café y resaca
de un domingo por la mañana.
Tan intenso como el golpeo de la campana
en mitad de una noche cerrada.
La cobardía por estandarte,
el orgullo como escudo,
por la falta de valor para besarte,
por seguir haciendo el capullo.
Aquel que tantos amores de verano liquidó,
siempre tuvo razón.
Mi aullido mudo
susurra fuego,
como un nudo,
rozando tu cuello.
Tu cuerpo desnudo
-la ropa en el suelo-,
mientras te desayuno,
ardiendo en tu cielo.
Mi deseo voraz
de tu piel sedosa.
Mi lengua feroz
ansía devorar tus ganas.
Una tregua entre sábanas,
una guerra sin albornoz,
una trampa vertiginosa,
por un placer... fugaz.
He visto
demasiadas historias de valientes
que acaban huyendo.
Sin embargo,
los cobardes siguen siempre ahí.
Observando,
sí,
pero al pie del cañón,
sin retroceder un solo paso.
Sigue saliendo el Sol
por el lado opuesto
por donde se pone la Luna
Las cosas, como son;
ya no apuesto
y sigo sin dar una.
Pasarse la vida en modo fácil
es la más cobarde de las opciones.
Aunque siga siendo un imbécil,
prefiero seguir esquivando las tentaciones.
Tan libre como la arena,
atrapada en el centro del huracán.
Con inmejorables vistas al mar,
pero movido hacia donde al aire le de la gana.
Hagas lo que hagas, la puedes fastidiar.
No hay cuentos que sean 100% mentira
-hay cientos de verdades en esta vida-,
y que rabie, quien tenga que rabiar.
Atrapado en el continuo espacio tiempo,
en la frontera entre el sueño y la vigilia,
allí donde el corazón a veces se exilia,
dónde las distancias se acortan y todo es más lento.
La mayor de mis incongruencias
consiste en quererte a ciegas
y negarte a la vez.
¿Cuándo se cambia la hora
en el invierno del corazón?
¿Cuándo deja de ser caparazón
la víscera captora?
¿Cómo se explora,
ignorando a la razón,
el lado valiente de la pasión,
si el deseo te devora?
¿Cuánta es suficiente demora?
¿Cuánta demasiada discreción?
¿Para qué sirve la omisión,
si es obvio el amor, y no de ahora?
Leer tus labios en braille
y explorar cada rincón de tu cuerpo,
en el suelo de tu cuarto
o en cualquier puto lugar del mundo.
Prefiero reír contigo
a follar con cualquiera.
No sé por qué será,
pero no me fustigo.
Aunque, también te digo
-y sé que es una incoherencia-,
a mi lengua traicionera
le encantaría explorar bajo tu ombligo.
No sé qué sale más a cuenta,
ni qué cura mejor las heridas,
si las vueltas que da la vida
o la vida que dan las vueltas.
No le caigo bien a todo el mundo,
ni lo pretendo.
Pero, de todo el que se acerca,
algo aprendo
Enemigos de otros tiempos
quedaron en el pasado;
por tonterías, supongo,
que ya he olvidado.
Siempre te gustó jugar al despiste.
Si vas a vivir en mi cabeza,
haz el favor de vestirte.
Nervioso ante tu risa.
Insumiso ante la prisa,
bailando en la cornisa
lo que el viento improvisa.
¿Es mi lengua imprecisa?
A ver si tu boca me la requisa
y me regalas esa brisa
que dejan tus jadeos en mi camisa.
Revuélveme a fuego lento
o algo que se le parezca.
Tu cruel sonrisa tierna.
Mi miedo vertical.
Tu indiferencia de soslayo.
Mi paciencia inmortal.
Como el torrente de agua clara
que siento en mis manos
y se desvanece, al escaparse,
entre mis dedos.
La gente tiende a olvidar...
y yo recuerdo algunas cosas
como si hubieran pasado ayer.
Hay quien banaliza los besos...
y yo sigo guardando algunos,
aunque haya llovido un océano
desde entonces.
Por suerte o por desgracia,
el corazón no funciona con un interruptor.
Es demasiado fuerte su carga.
Y, si no lo es, no es amor.
Hacerme el tonto
es un vicio que me pierde,
con el riesgo inherente
de pasarme de frenada
y volverme estúpido.
Decir un 'te quiero'
con la boca pequeña
es una puñalada
de efecto retardado.
Déjame escribirte un poema,
sencillo pero descarado,
con la punta de la lengua,
sobre tu piel inquieta.
Deja que mi perdición
nazca en tu boca impaciente,
recorra tu deseo creciente
y muera en un espasmo.
No creo en el destino, ni en las casualidades.
Tampoco en que todo pase por algo.
Creo que las cosas pasan porque pasan
y no pasan porque no pasan, sin más.
Creo que, lo que es, es
y que, lo que no es, no es.
Creo en los quizá y en los tal vez.
Creo en los ojalá y en los "hasta la vejez".
Creo en lo fugaz y en lo eterno.
Creo en el amor verdadero y en el fingido.
Creo en las vueltas que da la vida
y en que es un cabrón Cupido.