Sigue saliendo el Sol
por el lado opuesto
por donde se pone la Luna
Las cosas, como son;
ya no apuesto
y sigo sin dar una.
Sigue saliendo el Sol
por el lado opuesto
por donde se pone la Luna
Las cosas, como son;
ya no apuesto
y sigo sin dar una.
Pasarse la vida en modo fácil
es la más cobarde de las opciones.
Aunque siga siendo un imbécil,
prefiero seguir esquivando las tentaciones.
Tan libre como la arena,
atrapada en el centro del huracán.
Con inmejorables vistas al mar,
pero movido hacia donde al aire le de la gana.
Hagas lo que hagas, la puedes fastidiar.
No hay cuentos que sean 100% mentira
-hay cientos de verdades en esta vida-,
y que rabie, quien tenga que rabiar.
Atrapado en el continuo espacio tiempo,
en la frontera entre el sueño y la vigilia,
allí donde el corazón a veces se exilia,
dónde las distancias se acortan y todo es más lento.
La mayor de mis incongruencias
consiste en quererte a ciegas
y negarte a la vez.
¿Cuándo se cambia la hora
en el invierno del corazón?
¿Cuándo deja de ser caparazón
la víscera captora?
¿Cómo se explora,
ignorando a la razón,
el lado valiente de la pasión,
si el deseo te devora?
¿Cuánta es suficiente demora?
¿Cuánta demasiada discreción?
¿Para qué sirve la omisión,
si es obvio el amor, y no de ahora?
Leer tus labios en braille
y explorar cada rincón de tu cuerpo,
en el suelo de tu cuarto
o en cualquier puto lugar del mundo.
Prefiero reír contigo
a follar con cualquiera.
No sé por qué será,
pero no me fustigo.
Aunque, también te digo
-y sé que es una incoherencia-,
a mi lengua traicionera
le encantaría explorar bajo tu ombligo.
No sé qué sale más a cuenta,
ni qué cura mejor las heridas,
si las vueltas que da la vida
o la vida que dan las vueltas.
No le caigo bien a todo el mundo,
ni lo pretendo.
Pero, de todo el que se acerca,
algo aprendo
Enemigos de otros tiempos
quedaron en el pasado;
por tonterías, supongo,
que ya he olvidado.
Siempre te gustó jugar al despiste.
Si vas a vivir en mi cabeza,
haz el favor de vestirte.
Nervioso ante tu risa.
Insumiso ante la prisa,
bailando en la cornisa
lo que el viento improvisa.
¿Es mi lengua imprecisa?
A ver si tu boca me la requisa
y me regalas esa brisa
que dejan tus jadeos en mi camisa.
Revuélveme a fuego lento
o algo que se le parezca.
Tu cruel sonrisa tierna.
Mi miedo vertical.
Tu indiferencia de soslayo.
Mi paciencia inmortal.
Como el torrente de agua clara
que siento en mis manos
y se desvanece, al escaparse,
entre mis dedos.
La gente tiende a olvidar...
y yo recuerdo algunas cosas
como si hubieran pasado ayer.
Hay quien banaliza los besos...
y yo sigo guardando algunos,
aunque haya llovido un océano
desde entonces.
Por suerte o por desgracia,
el corazón no funciona con un interruptor.
Es demasiado fuerte su carga.
Y, si no lo es, no es amor.
Hacerme el tonto
es un vicio que me pierde,
con el riesgo inherente
de pasarme de frenada
y volverme estúpido.
Decir un 'te quiero'
con la boca pequeña
es una puñalada
de efecto retardado.
Déjame escribirte un poema,
sencillo pero descarado,
con la punta de la lengua,
sobre tu piel inquieta.
Deja que mi perdición
nazca en tu boca impaciente,
recorra tu deseo creciente
y muera en un espasmo.
No creo en el destino, ni en las casualidades.
Tampoco en que todo pase por algo.
Creo que las cosas pasan porque pasan
y no pasan porque no pasan, sin más.
Creo que, lo que es, es
y que, lo que no es, no es.
Creo en los quizá y en los tal vez.
Creo en los ojalá y en los "hasta la vejez".
Creo en lo fugaz y en lo eterno.
Creo en el amor verdadero y en el fingido.
Creo en las vueltas que da la vida
y en que es un cabrón Cupido.
A veces soy volcán
en reposo
latente
paciente
peligroso
a punto de estallar.
A veces soy tormenta
con truenos
con relámpagos
lejanos
inofensivos
con más escándalo que vendaval.
A veces soy ambos
y ninguno.
A veces no soy
ni quiero ser.
Tengo hambre de comerme tus miedos.
Tengo sed de beberme tus ganas.
Mantengo la vida en enredos.
Contengo a raya a las canas.
Cada vez que conseguía olvidar
que estoy enamorado de ti,
mi subconsciente
se ha encargado de recordármelo,
soñando contigo.
Podría decirte que te quiero,
que te echo de menos cada minuto,
que contigo sólo disfruto,
que, si tu eres gas, yo quiero ser mechero.
Podría decirte que me da igual no ser el primero,
que con tu recuerdo me electrocuto,
que a mi cobardía ya sólo le discuto,
que quiero ser bote de pimienta, si tu eres el salero.
Podría decirte que tu sonrisa me encanta,
que te sueño dormido y despierto,
que todo lo que escribo es cierto,
que el brillo de tu mirada me atraganta.
Con los ojos cerrados, podría decirte todo esto
y otras tantas cosas que ahora callo,
pero que me parta un rayo
si me atrevo a ser tan honesto.
A veces, la vida va de dejarse querer.
En algunos casos, de querer y dejarse.
Con frecuencia, de quererse y punto.
En ocasiones, de quererse dejar.
Otras, de querer, sin más.
Y, ocasionalmente, de dejarse... llevar.
Cordura presa del silencio elevado
que cumple confinamiento con la locura.
Hartura que besa el tiempo raptado,
bajo un puñado de pensamientos sin cerradura.
Postura que encalla en veneno rasgado
y agota el envejecimiento de la dulzura.
Dictadura del aburrimiento atrapado,
que espera su final, mientras madura.
Pero, ¿cuánto vale el sigilo de la mente,
cuando su run-run te amenaza con una quemadura?
¿Cuánto darías por estirpar esa serpiente
que, bajo su falsa paz, te hiere cuando te cura?
No recuerdo el momento exacto en el que me enamoré de ti,
pero sí del preciso instante en el que caí en la cuenta.
Fue como una noche de verano, cuando hay tormenta,
que acabas completamente calado de golpe, pero no te importa.
A veces arriba,
a veces abajo,
pero siempre
en movimiento.
(De quien sube
y baja,
sin cesar
el impulso)
Prefiero
el brillo de tus ojos
al de mil diamantes.
Disfruto
masticando momentos
a bocados pequeños.
Suspiro
siempre de reojo...
pero desde mucho antes.
Incauto...
pero es lo que siento,
si no me engañan mis sueños.
Yo no tengo ni idea
de cómo se baja la Luna
pero, las bragas,
te las bajo cuando quieras.
Esos besos que se dan con la mirada.
Esas caricias que se dan con la sonrisa.
Esas charlas que te atrapan, sin prisa.
Esas intenciones que se fingen olvidadas.
El gusto de compartir unas caladas.
El plan que no lo era y se improvisa.
Las ganas que se mantienen imprecisas.
Los idiotas que se huyen por bobadas.
Y aquí sigo
con mi armadura de cartón,
bajo un manto de nubes amenazadoras,
bailando la danza de la lluvia.
A veces me das paz,
otras me aceleras.
Aunque sea sin querer,
pero... ¡joder!
Cruzan fugaces sentimientos perennes,
huyendo del corazón, para conquistar a la cabeza.
Terca es la razón que alimenta la sesera.
Pero, cómo será, si le hace dudar, pese a todo.
Sobre esa línea
en la que es difícil distinguir
el bien del mal,
salvo con los ojos cerrados.