No suelo tener razón,
pero me sobran razones.
Mujer valiente,
con sonrisa sincera,
sin enseñar el diente.
Mujer imperecedera,
seguir siendo así
merecerá la pena.
Quizá el delirio sea quien deshaga
el nudo de nuestras lenguas.
Quizá sean novecientas noventa y nueve leguas
el viaje submarino hasta tus bragas.
Tal vez enlazados acabemos ardiendo,
entre el sudor fruto de nuestra fricción.
Tal vez nos pongamos al borde de la tentación
y de un salto acabemos cayendo.
Dime, sin par doncella,
sin miramientos ni dudas,
sin temores ni traiciones mudas,
¿salimos a robar estrellas?
Tengo el alma rasgada,
llena de arañazos,
con un hueco vacío
donde debería haber abrazos.
Arráncame las ganas a besos,
quítamelas de un zarpazo.
Deléitame con el baile de tus jadeos;
déjame echar un vistazo.
No estoy seguro de qué fue,
tampoco digo que fuera un flechazo.
Es algo parecido al amor,
pendiente de un par de copazos.
Con un boli construyo universos,
sorteo mundos dispersos,
combatiendo un marcador adverso.
Soy indomable entre versos.
Desátame la mente de lamentos,
fóllame en poesía.
Enséñame tu firmamento.
(entre líneas eres mía).
Demuéstrame cómo me miento.
Entre rimas simplemente fluyo.
Ensáñate reconstruyendo mis fragmentos
(bajo tinta soy tuyo).
Las abrumadoras nubes que se disfrazan de bruma,
ni en broma braman bajo lluvia intensa.
En posición de defensa la humedad clama,
y apaga la llama sin esperar recompensa.
Perdón por la ofensa de ir por las ramas
pero, la pérdida, de por si, ya era extensa.
Duermo poco y no me importa.
Sueño despierto en cada verso;
mi imaginación vuela bajo tu falda.
Mis mentiras me transportan,
me alborotan y mantienen disperso,
con mis labios en tu espalda.
«¿Qué te traes contigo?»,
me pregunto cuando hablo conmigo mismo.
Me atrapa y me puede el ostracismo;
soy mi peor enemigo.
A mi sombra ya no persigo;
mi ego la volvió espejismo.
Observo distante y sin alarmismo:
de mi declive soy testigo.
La última vez que estuve en Marte,
me confundí con un titán.
Puede sonar bien, pero déjame explicarte:
es algo que suele acabar mal.
Naufragios en la niebla,
atravesando el horizonte.
Dame una moneda,
para dársela a Caronte.
El infinito como meta,
por un camino incierto.
Delirios de un poeta,
regando en el desierto.
Cínico de día,
sincero por la noche.
Capricornio en la osadía,
cabrón en el reproche.
Sin censura
Clava colmillo
Gemido aúlla
Clama suspiro
Lento expiro
La razón magulla
Falta un tornillo
Sobra mesura
Inconsciencia de chascarrillos
en corrillos de impaciencia
Olvidar y no olvidar
Enredar como si fuera ayer
Conversar hasta el amanecer
Perecer de sueño y aguantar
Hacer trampas al barajar
Negarse a envejecer
Conseguirlo sin enloquecer
Subir para después bajar
Dormir en la caja de viejos recuerdos
Jugar a las cartas tirando los dados
Bailar pegados con dos pies izquierdos
Disimular al vivir con los ojos cerrados
Vivir como locos fingiendo estar cuerdos
Seguir soñando con besos robados
Llevo tatuado el delirio en el alma.
Dame verano desde tu boca;
tus labios, tu lengua, tu arma.
Déjame dar rienda suelta a mi fantasía loca.
Muchos, al morir, atraviesan verdes praderas,
camino del Edén que lleva a la vida eterna,
y yo ansío expirar atrapado por tus caderas;
hasta entonces, mi pasión hiberna.
Apunta, sonríe, dispárame...
A veces, la mente me juega malas pasadas.
Otras, me pasan jugadas mal dadas.
Pero, ¿qué hacer con las ganas cansadas?
Lo tengo claro: si no juego, nada.
Si te vuelves a alejar,
pienso correr hacia ti.
Si soy yo quien se distancia,
espero que me grites.
No me dejes huir,
no te vayas muy lejos.
El amor es efímero;
con el paso del tiempo, se consume.
La diferencia está en la velocidad con que lo hace.
Cántame sirena,
magnetiza mi delirio.
Cántame sirena,
seduce mi alma.
Cántame sirena,
atráeme hacia ti.
Cántame sirena
y ahógame en el mar.
Siempre he preferido
los besos de uno en uno,
las mentiras a la cara
y las copas con humo.
Siempre he sido cobarde
y, aún así, lo asumo.
A casi todo llego tarde,
soy tremendamente inoportuno.
Entre la careta y la venda
es difícil la elección.
Con la coraza puesta
en cualquier caso.
Me acuchilla el alma
la mareante indecisión.
Sin obtener respuesta,
el arrojo es escaso.
No quiero jugar en el casino de la verdad
sin bolas cargadas ni dados trucados.
Prefiero hacer trampas a la realidad;
quiero mentirme y vivir engañado.
Las excusas, en cautividad.
Los abrazos, a tu lado.
Llévame de excursión al museo de tus lunares
y hazme de guía por tus rincones favoritos.
Cállame la boca con un seísmo entre tus piernas
y embelésame con la danza de tu marea baja.
Hazme temblar con con el deleite de tus sofocos,
con tu aliento en mi pecho arañándome el juicio.
Desquíciame hasta hasta el delirio de tu placer
y condéname bajo el manto de tu piel huracanada.
Sólo los cobardes pueden permitirse el lujo de ser valientes.
El resto, inconsciencia pura.
Aciago destino de rimbombante agudeza,
salta la vida y despeina el nublado juicio,
recompensa a quien le huye y traiciona a quien le reza,
hasta llevarnos de la mano de camino al desquicio.
Casualidades, que son enredaderas entre la maleza,
llevan a seguir corazonadas, a hacer sacrificios
y, a veces, a tener que abandonar la delicadeza,
para acabar sucumbiendo al ansiado bullicio.
Los poemas, como los besos, no se piden.
Pero, por riesgo a que me lapiden,
unas líneas podría regalar.
¿Cuándo salimos a bailar?
Rétame a bailar con tus carcajadas
y contágiame del ritmo de tu chispa.
Sucumbe al compás de mi lascivia;
los aleteos de mariposas, en tus bragas mojadas.
Dame un par de caladas,
de tu pasión sin aristas.
Sigue con cautela las pistas
y no te detengas hasta la llegada.
Confieso mi parte de culpa en la distancia acobardada.
Aunque, de tus sombras muero de envidia,
las cosquillas de tu voz me alivian
y mantienen mi condena aislada.
Subir tu libido,
brindar en tu ombligo.
El sigilo ágil de tus jadeos;
melodía de fuego.
Arrebatos prometidos,
anhelos que aún persigo;
Provocar que empiece el jaleo,
compartir el juego.
Dueña de mi sueño,
señorita risueña.
Ciñe el ceño si la guiño;
sin amaños.
Hace señales de humo
y tiñe el cielo añil.
Gruñe si me enfurruño
pero sin tirar puñales.
Su sonrisa desaliñada
mi razón empaña,
mi juicio destiñe,
hasta despeñar mi ego.
La cabaña de mi cariño,
por un puñado de tu empeño,
araña mi amor añejo,
mientras me apaño con tu consejo.
Mi mayor hazaña:
corazón dañado,
pero no dañino;
corazón de niño.
Aunque, he de añadir que,
encoñarse suena peor
pero es menos moñas.
Sin engaños.
Besayunarte cualquier mañana de otoño:
pequeña fantasía de soñador.
El puente colgante que va del deseo a la rendición
lo sujeta una cuerda de ganas y reveses.
Es difícil caminar por él haciendo eses,
saltando tablones en combustión.
Aguanta el equilibrio entre la confusión,
avanza firme sin redes ni arneses,
ven con las mismas ganas que si te fueses
y, cuando confiese, presta atención.
Las conversaciones que tenemos en mi mente
acaban siempre sin ropa,
después de tomar una copa
y antes de hincarnos el diente.
Déjame restos de carmín por el pecho,
muerde mis ganas de comerte,
y abre la caja de Pandora de mi mente.
Acepta mi rendición.
Mi vocación
-que ahora parece que salió de repente-,
siempre fue estar de tu parte,
lamer tus heridas y estar al acecho.
Pondría mi cuello a disposición de unos cuantos,
pero la mano no la pongo en el fuego por nadie.
De valientes está el campo de batalla lleno;
de cabezas locas presas del desenfreno.
Los fantasmas de la osadía resoplan valor
sobre el viento del miedo atronador.
Los cobardes, penitentes, le echan coraje al dolor,
vuelan cuando toca enfrentar su temor.
Corazón suicida, capaz de saltar de un noveno.
Mente oponente, incapaz de tomar el veneno.
Quien calla cuando otorga,
otorga cuando calla.
¿Qué se necesita
para explorar
la textura
de tus sábanas?
¿Qué sobra
-ropa aparte-
para retarte
bajo ellas?
Dame polvo
de hadas
y enséñame
a volar alto.
¿Quién querría
bailar un tango
si no es contigo
de cómplice?
Baila
en mi mente,
sobre mi respiración
entrecortada.
Sé mi coartada
en las trampas
que me hago
y traicióname.
Danza conmigo
lentamente,
como si hoy
acabara el mundo.
No quiero
nada
de nadie
sin ti.
Mitad domador de palabras,
mitad encantador de serpientes.
Vete a saber qué sientes,
pero a mi corazón descalabras
Déjame darte un par de caladas,
tentar tu subconsciente,
sacar tu lado impaciente,
dejar las ganas ahogadas.
Sedúceme con tu mirada
-la perdición de los valientes-.
No sabré si me mientes,
ni me importará nada.
Mi deseo pide que abras
(prometo no ser resistente).
Juega a engañar a mi mente,
hasta que acabemos como cabras.
El tiempo es efímero.
El espacio, una condición.
La distancia... una putada,
ya sea temporal o espacial.
Olvida lo primero.
Lo segundo es una invención.
Lo tercero una verdad acertada,
aunque lo sea para mal.
Mi cabeza me susurra murmullos
de recuerdos y deseos lejanos.
Mi imaginación vive en el mejor de los veranos,
donde no existe el orgullo.
Mi intención es no hacer tanto el capullo,
pero reconozco que se me va de las manos.
Mi excusa es que errar es de humanos,
aunque la verdad es que a la mínima huyo.
Mi mente, mía
Mi corazón, tuyo
A ti, que dibujas poesía para escapar,
que te supera la espera hasta la primavera
y atraviesas el infierno del invierno creativo
sin más deseo que el de una Musa, te digo
que hasta la rama más gélida acaba floreciendo.
Atrapado en un mundo de niños
como el Capitán Garfio.
Peleando con olas mortíferas,
esquivando al cocodrilo y su tic-tac.
Combatiendo indios que arrancan cabelleras
y niños voladores sedientos de sangre,
con la única ayuda de la mano diestra que empuña la espada
y el garfio, señal de condena eterna.
La vida pirata,
la vida mejor.
Quisiera ser el barco de papel que navega
por el costado de tu sonrisa ciega;
quien baile al son de la brisa
que tu mirada risueña anhela.
Quisiera ser el manto de tu silencio meditante
entre un crepitar de leña ardiente;
para abrazar tu suave cielo
en lo mas sincero de tu ternura.
Quisiera ser resquicio de la belleza
que envuelve a tu mente clara,
sin mas designio que el de una palmera
en una isla desierta observando las olas.
Quisiera ser amanecer en tu noche oscura
y anochecer en tu mañana más ociosa.
Quisiera ser la más absoluta nada,
para ser absorbido por tu todo.
Escondido tras palabras
hago cábalas y malabarismos
que a veces descalabran
hasta hacerme a mí lo mismo.
Me debe un abracadabra
cuando busco magia en el abismo;
aunque es una broma macabra
que puede con mi nerviosismo.
El destierro puede que abra
la irónica salida del ostracismo,
si no acabo como una cabra
y consigo apartar el cinismo.
Manos frías,
corazón caliente.
Valiente caparazón,
días largos.
El carmín desabrocha una mirada
clavada en el infinito de unos ojos que sonríen,
diluye el paso del tiempo en un vaivén
sobre una línea infinitamente recatada.
Una batalla de comisuras alegres desatada
hace que de uno a otro se contagien
y de otro a uno las mantengan de rehén,
en un síndrome de Estocolmo consensuado.
Es posible que todo acabe en nada
y tras el duelo simplemente se vacíen.
Aunque también es probable que los caminos varíen
tras una intensa lucha de alegría contagiada.
Agárrame y ponte al mando.
Tu mirada juguetona me desnivela,
retuerce mi mundo convirtiéndolo verano,
donde todo es caliente y luminoso.
Déjame bailar tu tango
y guíame por la pasarela
que lleva a lo profundo del océano,
donde los tiburones esperan ansiosos.
Si Tú me lo pides, me remango;
que mi saliva en tu piel se vuelva acuarela
y me regales un roce cercano.
Lo reconozco, es contagioso.
Atascado entre el desierto del olvido
y el océano del amor platónico,
me di cuenta que estaba afónico
el catatónico rubor de lo cohibido.
Mas, por pesar, pesa de estar prohibido
quien no besa el labio camaleónico
del estar y ser destino armónico,
anhelo de mi corazón desagradecido.
El amor de tu vida
será quien el amor decida.
No será quien tú quieras,
sino por quien suspiras.
Desvaríos que conspiran
consternados del martirio
por buscar suspiros
que aspiran ser delirio
Quiero poderte tocar
-que no te distancies-,
contigo vibrar,
leerte en braille.
Quiero alcanzarte a besar,
que el mundo rabie.
Actuar sin pensar;
que te contagie.
Quiero sacarte a bailar
cuando no mire nadie
y juntos al fin respirar
del mismo aire.
He probado besos,
he contado lunas,
deseo hasta los huesos,
pero sigo en ayunas.
He conquistado Venus.
Yo quería ir a Marte
-a donde sea que estés tú,
aunque eso es punto y aparte-.
Mi equilibrio entre tus lunares;
perderme en tu vía láctea.
Me hipnotizo con tus andares;
mi corazón detrás gatea.
Seguir el destello,
que nos queme el Sol ardiente.
Descubrir tu cuello,
hincarle el diente.
No, no necesito otra copa.
De tus sábanas tengo celos.
Perder las dudas y la ropa;
dejarlas tiradas en el suelo.
Tu cama es testigo de tu placer,
cómplice de tu sudor y tus latidos.
Déjame acompañarte al amanecer,
cántame al oído entre gemidos.
El éxtasis: la única salida.
El paraíso entre tus piernas;
que tus manos arenguen a mi saliva
y las caricias de mi lengua sean eternas.
Hasta el desenfreno y vuelta,
dando rienda suelta a todas tus fantasías.
Permíteme no llevar la cuenta,
y que tus caricias sean las mías.