El verso dormido sobre tu piel,
que brota de mi imaginación traviesa,
no desparece de mi cabeza
e imaginarlo en tu oído me pone a cien.
El verso dormido sobre tu piel,
que brota de mi imaginación traviesa,
no desparece de mi cabeza
e imaginarlo en tu oído me pone a cien.
Lo admito, he batido records de decir chorradas por minuto;
me supera no decir lo primero que se me pasa por la mente.
Soy paciente, salvo para cerrar la boca al borde de un precipicio.
Salta y piensa después, que por mucho que muevas los pies, en pleno vuelo no sirve de nada.
Las princesas no saben mentir.
No, no saben.
Por eso ya nadie quiere ser princesa.
Ni las princesas quieren ser princesas.
Ya nadie se pregunta
ni por quien suspiran, ni a quien besan.
Ya nadie las secuestra en torres,
ni los dragones las retienen presas.
¿Y los príncipes qué?
No son capaces de aguantar una mentira.
No saben disimular, ni mirar para otro lado,
y encima se creen un puto salvavidas.
Sólo el verdadero sapo se mantiene fiel;
el que no cambia ni con besos
y se regodea en su charca,
burlón de patéticos estereotipos.
Por él, como si quemáis el castillo
y metéis las cenizas en un tarro de cristal,
pero dejad en paz el estanque,
que no molesta a nadie tal y como está.
Quizá
las palabras sean presas del silencio
o tal vez callan,
temerosas de su propio alboroto.
Pero qué sé yo,
ni qué sabe nadie,
salvo quien sella el labio
bajo invisible cremallera.
Quien sabe por qué poner punto en boca
y por qué hacer arder Troya,
me gana dos a cero
y me empata cero a tres.
Pero, que no se pierda el hablar por hablar
-a mi que tanto me gustó perder-,
porque ya sabes que bla bla bla,
que sigo erre que erre,
que mucho mi mi mi
y muy poco de todo lo demás.
Siempre, de la calma, aparece la tormenta;
y es ahí donde estás perdido.
Porque lo normal es que se haya ido,
cuando tú te hayas puesto alerta.
No me des más veneno, dame absenta
y relátame tus intenciones al oído.
Pero huye de mí, pajarito herido,
y haz el vuelo por tu puta cuenta.
Los lobos se comieron a Caperucita
y, desde entonces,
El Lobo no sabe a quién perseguir.
El problema no es que
se hable de sentimientos sin saber;
el problema es que
se hable de sentimientos sin sentir.
Siempre fui fiel a serme fiel
y lo demás me importa una mierda.
He metido la pata a conciencia y sin querer,
y lo que me vale son las verdades a la cara.
Me gusta quien me desenmascara,
quien me llama cabronazo y quien me abraza,
quien me frena y quien me embala,
según donde se equilibre mi balanza.
Me dijo "eso es un disparate"
y me acerté entre ceja y ceja.
Los 12 pecados capitales
entre tu cintura y mi deseo
no son culpa de Morfeo.
Sí, me cuesta seguir señales,
pero podemos fingir como animales
y compartir juegos de recreo.
El frío quema
y las dudas crean certezas.
Dime a quién le rezas,
te diré a quién amas.
Sin irme por las ramas,
observo como trepas.
Y me gustan tus rarezas,
pero huyes de las llamas.
Su mente es un cañón
y cada palabra de su boca una bala.
No deja a nadie indiferente,
o la odias o la amas.
No soy antídoto,
ni cruel veneno.
Ni tan malo,
ni tan bueno.
A veces me emborracho
y permanezco sereno.
En ocasiones me embalo
a la vez que freno,
porque soy la contradicción
de un absurdo ajeno.
Yo creía que estaba cuerda,
por tenerme totalmente atado,
y resulté estar del todo errado,
aunque sea una gran mierda.
¿Quién hará que me pierda?
¿Quién me dejará descolocado?
Tendré que buscar en otro lado
y que sea otra la que me muerda.
Que lo que para uno es un rayo,
para otro pudiera ser sólo un relámpago.
Brindo por todas esas cosas que no hago
y debería hacer.
Por no dejarme, y a la vez dejarme,
llevar por el placer.
Por la noche.
Por el amanecer.
Por los que vienen y van,
y por los que siempre se dejan caer.
Brindo por mi
y por mi puta manía de desaparecer,
pero, sobre todo,
brindo por siempre volver a volver a caer.
Latente tentación
por la atracción lenta,
que tanto atenta
contra la afrenta
del sintiente
y mantiene atento
-mentalmente-
al penitente.
Atrae la magia de lo cotidiano,
más que los trucos de cartas o los juegos de manos.
Engancha un suspiro a un anhelo cercano,
de los que, aún volando bajo, parecen inalcanzables.
Deslumbran los hechizos de miradas que sonríen;
esas que tanto dicen sin articular palabra.
Seduce lo que tú quieras que te seduzca,
aunque no quieras. No sé si me explico.
Enamora la tentativa constante que nunca se consuma.
Aunque consume, eso no lo puedo negar.
¿Quién querría fortuna y suerte,
después de haberte conocido?
Preferiría mil veces el olvido,
a poder ser, previo a quererte.
Pagaría el precio de negarte,
aunque significara haberme rendido,
pues más vale acabar vencido,
que sufrirlo hasta la muerte.
Perder la cabeza
y no volverla a encontrar.
Escapar
de la guillotina
una vez decapitado,
sin mirar atrás,
por la ausencia evidente.
Llevo la cuenta de todos los besos que debo
y de aquellos que conseguí robar,
de todas las puñaladas que me dieron
y, obviamente, de las que di.
Ya no la llevo con los dedos,
porque no me dan para contar
ni restando a los que se fueron
(exceptuándote a ti).
Río que clama a la lluvia,
como llama la llama al fuego
cuando la chispa se apaga.
Enemigo público del diluvio
que supuso la caída en balde
de la última gota sobre el cántaro rebosante.
Una llamada perdida de la sinrazón,
que a la locura fatiga y al corazón alienta,
como una afrenta
que el sueño te quita regalándote vida nocturna.
Pero qué sé yo, si ni lo que digo sé,
ni lo que pienso intuyo.
Si de lo que no reconozco callo
y, de lo que sí, huyo.
Que rime o que no,
importa lo justo;
la poesía es a flor de piel
y, si no, no es poesía.
La rima asonante de labio sobre labio
La métrica de una lengua que se retuerce
El compás de dos respiraciones entrecortadas
El bombeo de dos corazones al compás
Besos de menos, ropa de más
Furtivos que comparten coartadas
Rendiciones que caen sin que se fuerce
El placer como acto revolucionario
No separa la misma distancia
a tu boca de mi perdición,
que a tu perdición de mi boca.
Sin ser quién para contradecir a Shakespeare,
he de decir que, más allá de ser o no ser,
la cuestión radica en estar o no estar.
Tengo más taras que aciertos.
De mi boca brota el desatino.
En mi mente fluye más que vino.
No soy la nada, pero soy desierto.
Continúo haciendo trampas al solitario
y, aún así, sigo perdiendo.
Aprendí a callarme los sueños
y a olvidar las pesadillas.
Recordé cómo negar al no
y elegir ante quien me pongo de rodillas.
Me han cantado las 40 bajo reflejos de lluvia
y me han aullado a la luna por no poder dormir.
Adicto a mi pequeño desastre,
que se escurre entre telas de juicio.
Enganchado a cuando la vida hace zigzag
y te suelta los cordones de los zapatos,
pero no te agachas a abrocharlos
porque te gusta el riesgo a tropezar.
Confieso que nunca quise ser poeta
y, sin embargo, llenas mis versos.
Sólo soy un bufón con alas de ángel
que ha llegado a arder en tinta.
La poesía sólo es la excusa
para poder poner en un altar
y, a la par,
llamar hija de puta a mi musa.
Besos encriptados,
como tirar los dados
en el lado opuesto del salón.
Ponerle corazón,
olvidando la razón
que tanto tiempo has guardado.
Mi edad mental
es un estado animal.
En un pedestal
tengo la delgada línea
que separa la distancia
entre el bien y el mal.
Mi condena
es que siempre cumplo mis promesas.
Y me pesa,
no poder traicionar a mis cadenas.
A los valientes,
que en los peores momentos no encallan;
esos que no dudan en plantar batalla.
Los que nunca reniegan de lo que sienten.
A ellos, los inconscientes;
los que no frenan a pesar de cruzar la raya,
esos que tampoco callan.
A los que siempre manda el corazón y no la mente.
A ellos, por enseñar más que los dientes,
por soltar toda su metralla,
por canallas.
A ellos, egoístas imprudentes.
Nunca te fíes de aquellos que dicen
que nunca mienten.
Tu mirada, esdrújula.
La mía, llana.
Forman una campana
que se sale de la cuadrícula.
Una espiral de papel
que se pierde bajo una escalera,
como si se humedeciera
en el interior de un pincel.
Tengo que reconocer
que qué más quisiera
poder tocar madera
y no darte cuartel.
Sinhueso sinuosa,
traviesa por naturaleza,
¿dónde vas tan cariñosa?
Desconfía de su delicadeza,
que puede ser engañosa,
si reniega a quien le reza.
Renuncié al amor y a su álter ego
Renuncié a la vida y a su desdén
Al todo, a la nada
Al vete, al ven
A veces la vida te destroza
y te golpea desde el exterior;
nos da lecciones
que nos hacen tambalearnos.
A veces la vida te abraza
con finas trazas de qué sé yo;
nos regala imposibles,
momentos fugaces pero eternos.
La vida, puta y malparida,
nos enreda.
La vida, odiada y a la vez querida,
nos atrapa.